Apr
11
2009
Sólo un Sueño IV
(2 votes, average: 5.00 out of 5)
Usar puntuación: / 2
MaloBueno 
Escrito por Dj Entheogenic 17.5 mg   
Hits smaller text tool iconmedium text tool iconlarger text tool icon

-         ¡Despierta!- zarandeó el cuerpecito del duende hasta que éste salió de su sopor.

 

-         ¡Basta!- se quejó Antico.- ¿No conoces el mal humor que gastamos los duendes cuando se nos despierta? Déjame dormir un poco más.-su voz adquirió tono de suplica. Sin embargo tuvo que desperezarse, “Aventurero” ya abandonaba el lugar dispuesto a poner rumbo a la ansiada Torre de Hechicería, destino que se había marcado como irrenunciable.

 

En el exterior la nieve mantenía su dominio, aunque al menos la niebla era menos densa. El viento se había debilitado hasta ser solo una mera brisa gélida.

 

Cubiertas las espaldas con las mantas que habían encontrado, clavaron sus primeras pisadas sobre la alfombra blanca.

 

-         ¡Espera!- demandó “Aventurero”. Antico se sorprendió mucho al ver a su amigo encaramado en el tejado del refugio. Con sus pies escribió unas palabras en la nieve que cubría la construcción, palabras que sólo desde el cielo podrían verse. Cuando terminó esta labor, arrancó un trozo de hielo que nacía del tejado con forma de punzón y se lo llevó al bolsillo.- Con esto fabricaré un anillo para mi amada.

 

-         ¿Qué has escrito en el tejado? –inquirió el duende, curioso.

 

-         “Eres mi destino” – contestó el otro.- Si no consigo verla, al menos estas palabras queden  allí para siempre.

 

El duende no agregó nada. “Son muchas las locuras que hacen los hombres por amor” se dijo para sus adentros. Se encogió de hombros y siguió la estela de su compañero de viaje.

 

            Finalmente, después de sufrir el calvario de la ascensión a través de la nieve, coronaron la montaña. Se maravillaron de las vistas que desde esas alturas se podían contemplar. Las nubes quedaron más abajo cubriendo los campos y los bosques como si fuera un manto de algodón, invitando a zambullirse en él y nadar entre las brumas. En verdad que lo desearon, el paisaje era tan hermoso. Pero si en la cara de la montaña que acababan de ascender el sol reinaba en lo más alto, en la cara opuesta, esto es, el lugar donde se dirigían sus pasos, la noche lo cubría todo. El contraste era insólito. “Aventurero” no daba crédito a lo que estaban viendo. Dos caras de la misma moneda; noche y día se fundían como lo hacen la arena y el mar, sin combatir por la supremacía, aceptando la delimitación como si estuviera impuesta por los mismísimos Dioses que ese mundo debían regir.

 

-         Ahora, ¿por dónde tenemos que seguir?- cuestionó, impaciente.

 

-         No muy lejos se encuentra la Torre de Hechicería. Allí deberás superar las prueba que el hechicero te tenga preparadas.- Expuso el duende con el rostro ensombrecido. No parecía que él castillo fuera de su agrado por el tono temeroso que adquirieron sus palabras. “Aventurero” advirtió sus reservas y quiso esclarecer sus dudas.

 

-         Te causa pavor ese hechicero, ¿verdad?

 

El duende ocultó su mirada. No sin antes dejar un profundo silencio de por medio, contestó:

 

-         Bien es sabido en estas tierras el poder omnímodo del hechicero. Quizás seamos castigados por la osadía.

 

-         ¡No me importa qué pruebas me deparé el destino! ¡Tengo una meta y no me detendré por nada ni por nadie! – replicó, exaltado.

 

Después de esta temeraria declaración, el mutismo se apoderó de los dos. Y a esta mudez  colaboró la lobreguez  de la noche en la que se estaban adentrando a medida que descendían la montaña. Como única luz contaban con el resplandor de una enorme luna llena que ocultaba los secretos escondidos en esas tierras.

 

El recorrido se hizo tedioso, insoportable, no sólo por caminar por dura piedra, sino por las sombras que inhibían el ánimo. Las horas pasaban pero el alba no hacía su aparición, la noche en esta parte del mundo era perpetua.

 

-         Ahora, una vez entremos bajo la cobertura del bosque, debemos de procurar hacer el menor ruido posible.- el duende rompió su mutismo. – No sabemos que amenazas se pueden esconder en él.-

 

Aventurero” miró alrededor suyo, nervioso con las manos sudorosas. Desconocía el por qué de ese sigilo obligado; no podía ocultar el miedo que todos sentimos a lo desconocido. Lo que estaba claro es que nadie  podía cuestionar su valor; ningún ser, ya fuera humano o animal le amedrentaba, pero lo intangible, la amenaza en sí misma era algo que le causaba un terrible temor. Después de imaginar un sin fin de peligros, se decidió por no preguntar al duende, cerrándose en un mutismo férreo, manteniéndose una vez las sombras alargadas de los árboles del bosque velaron la estela de la luna.

 

Casi sin saber por donde pisaban tuvieron que avanzar, esquivando ramas, piedras y troncos caídos en una senda poco definida. Y un tronco caído fue lo que aprovechó Antico para recostar su espalda. Estaba agotado, sus cortas piernas habían sufrido muchos kilómetros de viaje. No tuvo tiempo de avisar a su compañero de su parada. Se derrumbó pesado sobre el tronco y cerró los ojos que se le llevaban cerrando desde que el sol dejó de inundar de luz sus pupilas. “Aventurero” solo se detuvo cuando percibió la falta de su amigo. Retrocedió unos pasos y se sentó en una piedra cercana, haciendo la guardia que forzosamente le había correspondido a él primero. No pudo conciliar el sueño en el refugio de la montaña y todo hacía prever que en esta ocasión tampoco podría sumirse en el reconfortante mundo onírico.

 

A pesar de que el viaje le había dejado exhausto, y sus músculos estaban doloridos, sabía que su deber era vigilar con el fin de evitar el asalto furtivo de criaturas que él mismo duende dijo desconocer. Pero su conciencia tenía que dirimir una cruenta batalla contra el sentir de su cuerpo qué pedía a gritos sucumbir al sueño. Él se reconocía como una persona responsable, si no ¿por qué toda la gente que le había rodeado en su vida confiaba en su guía? No había ninguna duda, era una persona que atendía a sus responsabilidades, por lo que por mucho que los párpados se cerraban de forma incesante, consiguió controlarlo. Para hacerlo repasó todos los acontecimientos que le habían traído hasta ese bosque oscuro en aquél mundo fantasmal. Rememoró con detalle todos los paisajes, palabras y deseos formulados.

 

Cuando creyó que el descanso del duende había sido suficiente le zarandeó hasta sacarle por segunda vez de su sopor. Estaba ansioso por conocer el desenlace de su aventura, de llegar al castillo del hechicero y vivir lo que le deparase el destino.

 

Antico se despertó con una sonrisa en la boca. Sus sueños parecían haber sido agradables. Su felicidad sempiterna se volvió a dibujar en su cara. Nada, ni siquiera la amenaza del bosque ni del hechicero eran capaces de amedrentar su alma. “Aventurero” se felicitó  por la suerte de haberse encontrado con él, quizás sin su presencia su buen ánimo y decisión se hubieran ido al traste.

 

Al comprobar que el pequeño duende recaía en su amodorramiento le sacudió con más fuerza.

 

-         ¡Qué pasa! ¿Por qué me pegas?- gritó sin saber todavía si estaba soñando o despierto.

-         ¡Sshhh!- le tapó la boca con su mano. – Te ha debido de oír hasta el hechicero.- le recriminó.

 

Molestado por la reprimenda, Antico se levantó de un salto y desapareció entre el follaje del bosque.

 

-         Sígueme, es por aquí.- le indicó.

 

Y eso fue lo que hizo. Apartó las ramas que caían de las copas de los árboles que circundaban el camino y fue tras los pasos del duende. Así iniciaron otra andadura que se extendió durante eternos minutos, quizás horas.

 

 La noción del tiempo había pasado a mejor vida para “Aventurero”, quien sin relojes ni ningún tipo de artilugio que le señalará el tiempo, no podía adivinar cuanto tiempo llevaba errando por el mundo fantástico de Antico.

 

Sin darse cuenta tropezó con el cuerpo del duende que se había parado en seco, petrificado por una visión. Cayeron torpemente de bruces contra el suelo que ya no era tierra blanda, sino piedra caliza, candente como las ascuas de un chimenea. El golpe les causó diversos rasguños pero no se quejaron, ya tenían bastante con observar lo que tenían delante suyo.

 

A pocos metros de donde habían caído, un profundo precipicio cortaba el camino. Pensaron en más de mil formas de superar el obstáculo, pero todas fueron desestimadas. Solo había una forma de pasar al otro lado: un endeble puente formado por un gran tronco que se desplegaba encima del abismo. Su objetivo era cruzar, ya que en el otro margen se alzaba majestuoso a la par que tenebroso el palacio del Gran Hechicero.

 

Examinaron con detenimiento el castillo almenado, donde destacaba una alta torre blanca, la llamada Torre de Hechicería. En frente de las puertas del palacio se distribuían una multitud de piras. Su fulgor iluminaba las blancas paredes de la construcción y su humo convertía el aire en una sustancia insalubre.

 

El ambiente malsano que se respiraba, el calor sofocante, invitaban a dar  media vuelta y volver por el mismo camino. Sin embargo, los dos estaban convencidos de que allí no se había acabado el viaje, y menos con el objetivo tan cercano. No obstante, “Aventurero” sentía una horrible aprensión por las alturas y aún más por abismos como el que tenía delante, dónde no se podía atisbar el fondo. Por si esto fuera poco, el único medio de atravesarlo era un inseguro puente formado por un tronco de estrechas dimensiones. El duende estaba en lo cierto, el Hechicero había puesto delante de él una de las pruebas más duras a superar, como es su propio miedo. Un temor que había cultivado desde niño cuando cayó desde una considerable altura en uno de sus múltiples juegos infantiles. Salió ileso, pero las sensaciones que se asentaron en su mente le hacían abominar todo aquello que estuviese a más de tres metros del suelo. Todo ese recelo congeló sus músculos, sus piernas estaban fosilizadas.

 

Antico, que percibió las dudas y el miedo de su compañero resolvió ponerlo remedio de la forma más brusca posible. Le tomó de la mano, y sin pensárselo dos veces tiró de él hasta ponerle encima del tronco. Una vez allí, le incitó a que le siguiera.

 

-         ¡Vamos! El truco consiste en no mirar abajo y pensar que estas caminando por amplios prados.

 

Aventurero” no pensó en amplios prados, ni en sólidos puentes de cemento, dejó la mente en blanco, manteniendo sus pies el equilibrio de forma totalmente inconsciente. Si no hubiera sido así, jamás hubiera logrado cruzar al otro lado.

 

Cuando llegó a su meta, se sorprendió mucho por la proeza ejecutada. Se juró que nunca más volvería a acometer una locura como esa. Estaba vivo, pero había sido un milagro.

 

Recuperado del susto, su respiración agitada volvió a la normalidad. El aire infecto no le reconfortó lo más mínimo, y el sudor que empapaba sus ropas le hizo sentirse muy incómodo. Aquel lugar se asemejaba a como se había imaginado el infierno.

 

El habitante del castillo no gustaba de las visitas habida cuenta de cómo daba la bienvenida a los osados que quisieran deleitarse con su compañía. Hasta el momento no había caído en la cuenta, pero con los pies abrasados y los pulmones asfixiados, se imaginó como sería ese Hechicero que tenía en sus manos el poder de darle el tesoro. Una imagen terrible se perfiló en su mente, un hombre grotesco, decrépito pero dotado de las más viles artes de la magia negra. ¿Cómo podría él, un simple mortal, enfrentarse a tamaño desafío?  Como escudero para la batalla contaba con un menudo duendecillo, y ninguna arma mágica le había sido otorgada en gracia para salir triunfante de la inenarrable gesta, como si ocurría en los cuentos y leyendas con las que siempre fantaseó.

 

¡Qué osado había sido al creerse victorioso frente a las fuerzas del Hechicero! Si al menos contará con Helmut, el brioso corcel que le había conducido hasta ese mundo. Estaba desnudo de argumentos a su favor, aunque eso sí, contaba con una gran dosis de ánimo, con una ilusión y una esperanza aún intactas.

 

Impelidos por el infecto ambiente, corrieron hasta las puertas del castillo,  esperanzados de que el Gran Hechicero tuviera piedad de ellos y les dejase entrar sin invitación previa.

 

Tres grandes portones dorados les dieron la bienvenida. Derribar las magnificas puertas de oro era imposible, ninguna fuerza en este ni en otro mundo serían capaces de atravesarlas, así que pensaron que lo mejor sería llamar a su dueño. Con el puño cerrado “Aventurero” golpeó tres veces la puerta situada más a la izquierda. El duende tañó la puerta central. Esperaron unos segundos, y al no abrirse, golpearon la puerta de la derecha, pero recibieron la misma respuesta: nada. Solo silencio perturbado por el crepitar de los fuegos que rodeaban el castillo.

 

-         No hay forma humana de entrar a  este castillo.- Se lamentó “Aventurero”, desconsolado, mientras se despojaba de la camiseta empapada en sudor dejando su torso desnudo.

 

-         Si no se puede entrar por la puerta principal habrá que encontrar un acceso secundario.- sugirió Antico con una sonrisa pícara en los labios.

 

-         ¿Estas seguro de que habrá una forma de entrar?

 

-         ¡Busquemos!

 

 

Rodearon el castillo una vez, y otra, y otra…, pero nada advirtieron. Las paredes ciegas cerraban el acceso al interior; ni ventanas, ni portezuelas… Era imposible entrar allí sin pasar por cualquiera de las grandes puertas.

 

El calor sofocante y el esfuerzo físico provocaron un ataque de sed en “Aventurero”. La lengua  le colgaba de la boca, jadeante, implorando una gota de vital líquido.

 

-         ¡Me muero de sed!- se quejó finalmente cuando ya no pudo soportarlo más.

 

-         ¡Sígueme! – El duende tomó de la mano a su compañero y se alejaron del castillo camino del abrigo de un bosque de árboles calcinados que rodeaba la construcción.- Existe una fuente donde podrás beber hasta saciarte no muy lejos.

 

-         No puedo ir muy lejos amigo mío, la vista se me nubla, estoy muy cansado…- La sed, el calor le empezaban a marcar, sus fuerzas flaqueaban por momentos, impidiéndole andar. Antico achacó este mal a las artes mágicas del Mago quien seguramente había lanzado un hechizo sobre “Aventurero” vaciando por completo sus energías.

 

Con el cuerpo de “Aventurero” derrumbado sobre la tierra seca y férvida, Antico continuó la senda que llevaba a la supuesta fuente. Receloso no dejaba de mirar atrás; tenía miedo de que alguien o algo le arrebatará a su indefenso compañero.

 

No tardó mucho en regresar cargado con un cuenco de agua cristalina con el que roció la cara de “Aventurero”. Éste reaccionó de súbito al contacto con el frescor del agua, arrebatando el cuenco con brusquedad de las manos de su bienhechor, y no devolviéndoselo hasta derramar la última gota en sus resecos labios.

 

El tratamiento del agua milagrosa, que es como la denominó el duende, le habían sentado muy bien, recuperando las fuerzas y animando su corazón a correr toda suerte de aventuras.

 

- ¡Abramos las puertas del castillo, aunque sea a patadas!- exclamó pretencioso  de regreso al palacio.

 

 

            Pero no hizo falta utilizar fuerza bruta alguna para derribar las grandes puertas, si bien eso no hubiera servido, ya que para su sorpresa la puerta central estaba abierta de par en par.

 

            El Gran Hechicero les invitaba a conocer su palacio. Esta idea que en principio fue una esperanza, ahora inquietaba, desconocían cuáles eran las intenciones de su anfitrión. Aunque las dudas les atenazaban, quisieron aprovecharse de la ventaja que les había puesto en bandeja y entraron dejando a sus espaldas las claridades tórridas de las hogueras.

 

            Al atravesar el umbral se sumieron en la penumbra, media luz compuesta por los fulgores que se colaban por la puerta y por la oscuridad más completa que albergaba los interiores del castillo. Anduvieron a tientas por lo que parecía ser un suelo de mármol ajedrezado.

 

            La penumbra se convirtió en profunda lobreguez cuando la gran puerta se cerró sobre sus goznes, causando gran estruendo por el choque de sus hojas. La magia volvió ha hacer su aparición ya que no advirtieron presencia humana que pudiera haber realizado tamaña tarea. Los poderes del Gran Hechicero se iban desvelando, pero no fueron los únicos, sus artes hicieron que el castillo levantará su velo de sombras y mostrase su grandeza. Un haz interminable de luces iluminó una gran sala, desprovista de todo tipo de mobiliario, a excepción de las hileras de candelabros que sostenían las velas.

 

            Atónitos ante la visión de la majestuosa sala cuyo techo no alcanzaban a vislumbrar, esperaron acontecimientos. No dudaban que estaban a merced, al capricho del dueño y señor del castillo. Él y sólo él daría el primer paso, el cuál no se hizo esperar: una voz grave y ronca les habló con tono solemne:

 

-         Un duende y un hombre en mis propiedades: curiosa pareja

 

Aventurero” dio un paso al frente.

 

-         Disculpe la intromisión.- se excusó.- No me andaré con rodeos. He venido a visitaros en compañía de mi amigo Antico con el fin de conseguir un tesoro, y no me iré hasta que lo haya obtenido.

 

El silencio siguió al eco de las palabras del inoportuno visitante, retumbando en los oídos hasta morir en un débil susurro. Cuando el eco se extinguió, un hombre anciano, de largas melenas blancas y de extensa y espesa barba surgió de la nada. Vestía una amplia túnica verde y en su mano derecha portaba un cayado de madera. Se quedó mirándolos fijamente examinándoles de arriba a abajo.

 

-         Muchos antes que tú han reclamado tesoros, sueños, ilusiones y esperanzas pero nunca nadie manifestó sus propósitos con tanta vehemencia y atrevimiento.- un tono de reprimenda  se desprendía de sus palabras.- Muy importante ha de ser ese tesoro para que me importunes con tu arrogancia. Pero, a pesar de ello, si esta en mi mano te lo concederé; formula tu petición y te será concedida.- el semblante del Gran Hechicero se tornó amable y afectuoso.

 

 

 

Plena satisfacción sintió “Aventurero”. Era lo que deseó escuchar desde el mismo momento que supo de la existencia de la Torre de Hechicería. No perdió el tiempo, y sin ambages formuló su petición, no fuera que el anciano cambiará de parecer.

 

-         Quiero ver a la protagonista de mis sueños; quiero amarla y que ella me ame con el mismo fervor que yo siento.- le costaba hablar, el cuerpo le temblaba por un escalofrío. Los nervios le estaban jugando un mala pasada.

 

-         Ya entiendo. Así que tú deseo no son riquezas, poder, gloria o fama.- El hechicero no pudo contenerse y estalló en sonoras carcajadas causando el desconcierto de sus inquilinos, que cariacantocidos por la hilaridad no sabían que hacer o decir.

 

Una vez el Gran Hechicero calmó su júbilo, se aproximó y, mostrando una sonrisa cálida, extendió la mano para tomar la de “Aventurero” y guiarle hasta una puerta de pequeñas dimensiones situada en un rincón de la sala.

 

-         Está es la puerta que da acceso a nuestros sueños y deseos. Una vez la hayas cruzado te encontrarás con tu tesoro.- con un aspaviento de la mano el hechicero le invitaba a abrir la portezuela.

 

-         ¿Así de fácil?- se cuestionó en voz alta.

 

-         Así de fácil.-ratificó.- Sin embargo, para que un sueño o deseo se haga realidad hay que poseer una fe inmensa en que este se va a cumplir. De lo contrario, lo verás, lo vivirás, pero se extinguirá como se extingue la vida entre los mortales con el paso de los años. Una duda, una única duda hará que todo se borre de tu mente como cada uno de los recuerdos que guardamos en el baúl de nuestras vivencias.- sentenció.

 

El reto no parecía ser tan sencillo como se lo había expuesto en un primer momento. “Una duda, una única duda…” haría que su sueño se desvaneciese, que su tesoro siempre ansiado muriera. Sólo había que tener fe, fe en que el sueño era una realidad. Pero, ¿Cómo creer que todo era real cuando el mundo de Antico y todo lo vivido desde el despertar en la playa eran tan irreales?: un caballo surgido de la nada, un camino sobre el mar, la catarata del fin del mundo, el estanque oráculo…incluso el duende y el hechicero. Estas dudas se agolparon en su mente y revolotearon sin encontrar solución. Hasta el momento apenas se había percatado de todas estas incoherencias con el mundo real que él conocía. Empezaba a creer que todavía seguía dormido sobre la arena, si no ¿Cómo podía explicar fenómenos tan extraordinarios?

 

Miró en derredor intentando descubrir algún indicio que manifestará la farsa, alguna pista que le indicase que aún seguía soñando. Primero centró su examen en el duende. Éste le sonrió, ofreciéndole toda su confianza. Después se fijó en el extraño Hechicero. Pero nada, si estaba soñando éste era el sueño más vivido que había tenido en su vida.

 

-         ¿Dudas? – inquirió el Gran Hechicero al ver el desconcierto reflejado en los ojos de “Aventurero”.

 

Desarmado, descubierto, esas fueron sus sensaciones cuando hizo frente a la mirada inquisidora del dador de sus deseos. Bajó los ojos acobardado corroborando así su estado de duda a todos los presentes.

 

-         Es normal, eres humano ¿no?- Volvió a estallar en uno de sus ya característicos estallidos hilarantes. – Ahora, y sólo a partir de ahora, te cuestionarás tu deseo. Es una reacción lógica cuando hay que asumir la responsabilidad de nuestras propias ambiciones.- explicó con voz paternal una vez se puso serio.

 

A pesar de su intento de doblegar las vacilaciones, el Gran Hechicero consiguió avivar más si cabe las llamas de la duda. “Aventurero” estuvo a punto de girarse y tomar el camino de regreso. Pero el amago fue contrarrestado por Antico que no quiso perder la ocasión de ayudar una vez más a su amigo.

 

-         ¿Has dejado de creer en tus sueños?- alzó la voz, severo.- ¿Has dejado de perseguir tu tesoro?... entonces ¿qué sentido tiene haber llegado hasta aquí?

 

El interpelado no supo que decir.

 

-         Para obtener nuestras metas – continuó el duende.- es necesario superar muchas pruebas, y esta es una de ellas. Si crees que el tesoro vale la pena, ¡Lucha por él!

 

El duende no estaba en error, pensó para sí “Aventurero”. Él si quería el tesoro. Definitivamente resolvió ir al encuentro de su sueño, asumir los riesgos.

 

Acongojado, pero decidido, abrazó con fuerza al duende alzándole por encima de su cabeza.

 

-         Gracias.- Le susurró al oído.

 

Se dio la vuelta y encaró la portezuela de los sueños. Sabía desde lo más profundo de su ser que aquella sería la última vez que vería al duende, y así fue, nunca más volvió a visitar su mundo mágico por más que lo deseó. Entre otras cosas porque no conocía el camino. Helmut tampoco estaría allí para llevarle. Mientras colocaba un pie detrás de otro en dirección a su tesoro, se hizo el propósito firme de recordar a Antico, a Helmut, al Gran Hechicero y a todo el mundo fantástico que había descubierto hasta el día en que su boca expirará el último aliento.


Quote this article on your site

To create link towards this article on your website,
copy and paste the text below in your page.




Preview :

Sólo un Sueño IV
Sábado, 11 Abril 2009
-         ¡Despierta!- zarandeó el cuerpecito del duende hasta que éste salió de su sopor.   -         ¡Basta!- se quejó...

© 2013 - Nova Regula


Powered by QuoteThis © 2008

 
Author of this article: Dj Entheogenic 17.5 mg

Show Other Articles Of This Author

Add comment


Security code
Refresh

Creative Commons License
Ranking Web, top web por visitas, ranking sitios web Photography, movies, recipes, games, music, role, history, events and festivals, travel, computer tutorials, and more ... /Fotografa, cine, recetas, videojuegos, msica, rol, historia, eventos y fiestas, viajes, tutoriales de informtica y mucho ms...