El primer recuerdo que tengo de este lugar data de mi infancia y de las salidas culturales que realizábamos con el colegio, se entremezclan en la memoria dos imágenes, por una lado una anciana sentada en el soportal de su casa, ataviada de negro, con su pañuelo en la cabeza y su mandil en el regazo, observando silente las evoluciones de aquellos niños que fuimos, y por otro la bella portalada del palacio de los DÃaz Cossio y Mier, que en aquel entonces era Parador de Turismo perteneciente al gobierno regional a través de su empresa Cantur. Muchos años han pasado desde entonces, muchas experiencias vividas, que han puesto a Carmona en algún lugar de mi geografÃa interior. Carmona, es un hermoso pueblo cántabro, enclavado en el valle del rÃo Nansa, aunque perteneciente administrativamente al valle vecino de Cabuérniga, surcado por el rÃo Saja, separados ambos lugares por una collada, o pequeño puerto, con miradores como el ribero, o la vueltuca, privilegiadas atalayas desde donde otear el sin par horizonte de la llanada de Cabuérniga o de los no tan lejanos picos de Peñarrubia y Lamasón.
Está formado por un caserÃo apiñado en torno a la iglesia, caserÃo que es compendio de la arquitectura tradicional de Cantabria, con sus solanas y soportales, sus muros cortafuegos, su decoración de pechos de paloma, etc. En el centro de la villa, junto al bar, se sitúa una escultura de nuevo cuño, no ha mucho instalada, esculpida en piedra, que representa una albarca de enormes dimensiones, homenaje a estas gentes como grandes artesanos de la albarca. Pero Carmona habrÃa muerto hace mucho tiempo si gentes como su artesano albarquero no siguieran ejerciendo su oficio ancestral al amor del soportal del bar, cobijado tras una sombrilla de la cerveza San Miguel, que lo mismo resguarda del sol que de la lluvia, y junto a una pila de tarugos de diferentes maderas; roble, haya… que constituyen la base material de este singular calzado.
Desgraciadamente, ese anciano septuagenario, de manos callosas y hábiles, está enfermo, su asiento a la puerta del Bar está desierto, con su ausencia se va el espÃritu ancestral de una villa que sucumbe al fragor de los tiempos, los ecos de un mundo rural que agoniza para no volver, con sus usos y costumbres hoy en desuso.
Desafortunadamente, escribo estas lÃneas tras haber recibido la noticia de la muerte de nuestro artesano. Sirva por tanto de homenaje lo escrito. Pervivirá su memoria mientras estemos entre los vivos, en el recuerdo de todos aquellos que tuvimos la suerte de haberle visto desplegar su arte.
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Miércoles, 03 Junio 2009
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